La tarde de hoy me lleva en el 133 al barrio de Villa Urquiza, a la sede del Centro Cultural 25 de Mayo. Sobre la vereda en la avenida Triunvirato 4444 hay cinéfilos, la mayoría fumando un cigarrillo tras terminar una función. Una chica dice que se quedó sin plata para poder ir a ver otras películas del BAFICI. Un muchacho cuarentón pregunta si la fila para ver a Orfeo está por aquí. Con organización puntual, dos chicas abren las puertas de la antesala; ambas escanean los códigos QR. Pasamos. A un lado está presente el Backdrop del evento, a la espera de sacarse una foto con alguien. A los breves minutos un chico alto, morocho, abre las dos puertas laterales para ingresar y acomodarnos.
La sala se llena con paciencia, no en su totalidad. El conjunto de cabezas que alcanza a contar mi perspectiva se traduce en un número respetuoso para la ocasión. Sin contar a quienes fueron ingresando, tarde, muy tarde, tardísimo hasta 30 minutos después, (¡Qué falta de respeto al cine!).
Mientras las luces se apagan una mujer abre una bolsa de tutucas, y otra, probablemente, chequea en su celular si su compañía está por llegar. Giraría muchas veces su cabeza hacia atrás en el transcurso de la proyección. Muchas (él/ella no llegaría en ningún momento).
La sinopsis del catálogo oficial, en negrita, con firma de Jonás Zabala, ofrece lo siguiente: Orfeo, un pianista solitario, se enamora de Eura, una mujer atravesada por un secreto imposible de nombrar. Cuando ella desaparece, él la sigue hasta una villa abandonada y atraviesa un umbral hacia un mundo fantástico donde amor, memoria y música se confunden. La obra de Virgilio Villoresi está inspirada en Poema a fumetti, de Dino Buzzati, según indican. Revisita la mitología acerca de Orfeo.
Arribo a dos conceptos contradictorios: aburrimiento y placer. ¿Cómo es esto? La premisa central puede ser interesante, bajo una nueva mirada. Pero el desarrollo principal se ve oscurecido por el poderío visual del film, inmenso y bello en capas de texturas. Maravilloso si nos centramos en la composición de sus escenas, colores, vestuarios, tonos, música, tipografías, formas, siluetas y luces. Un festival estético; uno más dentro de este festival. Recursos narrativos no faltan.
En cambio, más allá de que la belleza de los jóvenes actores, sus intérpretes aburren con sus parlamentos, interpretados en los roles principales por Luca Vergoni y Giulia Maenza. Por eso aquí, en Orfeo, relato y forma son unidades distintas. El primero convertido en un camino hacia una búsqueda, conocida e imaginable. Sin embargo, en ese trayecto la imagen gana por sobre todas las cosas; confusa y bella, generando cierto descontrol en la comprensión.
Virgilio Villoresi no solo fue el director en esta ocasión. También se ocupó del guion, de la dirección artística, de la edición. Es director y artista visual con trayectoria en publicidad, videoclips y cine arte; datos que aporta la información oficial. Se nota toda esa trayectoria (vale repetir esta palabra) volcada en imágenes imponentes. Incluso en YouTube, como para ampliar la curiosidad, hay un detrás de escena interesante, mostrando parte de las construcciones del audiovisual, como es el Stop Motion, por citar algo.
Orfeo pasó por el Festival de Venecia el año pasado, por fuera de la competencia. Dura 74 minutos y es el resultado de una creación que deleita; si se quiere y se permite, un poema visual. Eso sí, una argumentación estética, con poco diálogo, con momentos más intensos que otros. Se la puede volver a ver el 24 de abril, en Cinépolis Plaza Houssay, Sala 2. Terminó la función. Nos retiramos en silencio.
Por Luis Laffargue





