Un buen padre (Paternel, 2024) es la historia de Simón en una ciudad del interior de Francia. A simple vista, todo parece estar a gusto con lo que él hace, en su trabajo, su fe, el lugar al que representa, su vida misma. Los primeros minutos muestra su contexto, quiénes lo rodean y qué hace. Estructura clásica del cine. Para mostrar que es una persona, antes que religioso, juega al metegol con un colega. El hombre vive.
Sin embargo, un día la rutina es interrumpida. Una mujer entra a misa con un niño. Se sientan en un sector donde hay sillas vacías, mientras Simón ofrece la misa. En el plano/contraplano entre el religioso y las personas recién llegadas, fundamentalmente la criatura se escucha en el discurso: “Dios es padre, Jesús nos lo dijo. Revelado en el rostro de su hijo (se ve al niño), que nos guía, nos sostiene, nos ama. Ahora y por la vida eterna. Amén”. Cine. Se empieza a escuchar música, alguien de la parroquia toca la guitarra. Tras celebrar el culto, ya fuera del templo, la mujer se acerca y se saluda con Simón. Se conocen desde antes. Hablan. El funcionario le pregunta si está sola, le pregunta si el niño que está a unos metros es el hijo. Ella le responde, sí, pero agrega: “el tuyo también”. El rostro del hombre cambia de expresión. Tensión y confusión en el aire.
Entra el conflicto, el primer punto de giro de esta trama se irá construyendo con una pregunta constante principalmente: ¿Qué hará este hombre con esta noticia y en su contexto diario? La historia transcurrirá por ese lado, no sin plantearse otros temas, como la paternidad, el catolicismo, el celibato y el rol de la sociedad. Esa cuestión es la película. El recorrido de una situación tal vez crítica, según el contexto individual de cada uno, pero también cómo esa problemática se resuelve (si es que tiene solución) o las posibilidades a surgir ante tal presente.
Lógico, en el ir y venir se suceden personajes claves para construir el verosímil. Logrado por cierto. Porque si bien la película esboza una idea simple, es decir, qué hace un cura al enterarse que es padre y nunca se lo dijeron, ¿Debe dejar la iglesia? ¿Cómo debe plantearlo a la Institución? Por cierto, un tema muy discutido, porque de paternidad se ha hablado mucho. Aquí es distinto. Hay otros actores y factores sociales.
Dirigida por Ronan Tronchot y protagonizada por Grégory Gadebois, en una muy buena interpretación, celebrada y cálida, el resto del elenco lo integran Géraldine Nakache, Lyes Salem, Anton Alluin, Sarah Pachoud, Noah Morgensztern, Jacques Boudet y Françoise Lebrun, y tiene una duración de 93 minutos.
Un buen padre, además de plantear un juego e interrogante en el título, es un drama donde casi todo se resume ahí como idea principal, propone no solo una historia, tal vez la posibilidad de pensar en plantear modificaciones en determinadas instituciones actuales. Habla del hoy. De Francia con fé, reflexión y mucho para cuestionarse. Amén.
Por Luis Laffargue



