Un balcón en el BAFICI

Un balcon à Limoges
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Varios adolescentes dialogan afuera del Teatro San Martín, reunidos en círculo, escuchando a una mujer; pero no presto atención a lo que dicen. Ingreso por la izquierda y bajo las escaleras hacia el Hall Casacuberta.

Faltan cinco minutos para las 16hs, cuando comience la charla sobre Escritos a quemarropa. Ensayos, críticas y debates. Pauline Kael, acerca de la famosa e influyente escritora norteamericana. El panel está compuesto por los compiladores del libro Fernando Krapp y Emiliano Jelicié, acompañados por la crítica Fernanda Alarcón y la moderadora, Lucía Salas, también del mismo oficio. Las sillas esperan al público.

A un costado hay una mesa con objetos referenciales al BAFICI, de años anteriores, con sabor a muestra, a museo improvisado; más tarde habrá una actividad al respecto. Las personas anteriormente mencionadas comienzan con el uso de la palabra, después de unos minutos de espera: puntos de vista, opiniones, fragmentos y un largo etcétera en relación a la Sra Kael. Interesante.

Miro el horario, debo partir. A las 17:15 hs tengo una función. Parto.

Salgo por el mismo camino de ida, camino por avenida Corrientes, cruzo Callao y zigzagueo hasta Plaza Houssay, donde está Cinépolis. Llego al final de una fila en movimiento. Mientras escanean mi QR, tomo de una mesa otra guía de programación, destinada en este caso para ser guardada como recuerdo, pero también hablar de ella en clases; también agarro una tarjeta, la publicidad de la película Tripolar The Movie; en el dorso figuran sus horarios de exhibición: domingo 19/4 a las 20:50 hs en Cine Arte Cacodelphia, y el martes 21/4 a las 11:40hs en Cinépolis Recoleta.

Entro a la sala 2, casi repleta. Un balcon à limoges es la cita; forma parte de la Competencia Internacional. Nos terminamos de acomodar todos. Adelante, a un costado de la pantalla, hay un hombre, micrófono mediante, presentando el film; pero él no se presenta. Es concreto, y dice algo un tanto condicionante: la película es imprevisible, no sabemos lo que va a suceder en la próxima escena; a su lado lo acompañan el director de la obra, Jérôme Reybaud, y la traductora.

Se apagan las luces, empieza la función.

Comparto en gran parte esa imprevisibilidad. El relato se enmarca dentro del contexto de la comedia, o comedia dramática para ser más amplio. Dos mujeres se reencuentran en un estacionamiento de la ciudad de Limoges, Francia, tras muchos años. Ambas tienen personalidades diferentes, marcadas. La gracia y el humor se impone gracias a ese contraste; son personajes muy bien caracterizados. Una con pudor y la otra sin él, pero las dos encerradas en conflictos opuestos, contemporáneos, si se permite la expresión. Una vive sin importar las consecuencias; vive. La otra es rígida, en formas y espacios.

La mujer que está sentada a mi lado lanza una carcajada, con justa razón. Hay escenas despampanantes a medida que transcurren los minutos. La trama se vuelve densa y, llegando al final, de la risa pasamos al espanto. La misma mujer que antes se reía, ahora se lleva una mano a la frente. Todos atentos, todos estáticos, todos expectantes, salvo uno que anda caminando, más presente con su celular, en lugar de la peli.

Después del fin, aplausos. A pensar, a escuchar al director; en ese sentido, hay interés por parte de los presentes, sobran los interesados y las manos comienzan a alzarse. Lo felicitan, le hacen comentarios, le preguntan. Hago lo mismo, soy el último en preguntar. Le comento que me interesa saber si le interesó trabajar en la película un tipo de género cinematográfico en particular. Responde en francés: “Lo primero para mí mismo en un film dramático es hacer sonreír o reír”. Luego continúa con su respuesta, pero, ya estaríamos entrando en el terreno del spoiler de esta historia basada en un hecho real; terriblemente real.

La sala se vacía, a la espera de nuevos cinéfilos. Afuera, Buenos Aires oscurece. Alrededor de la plaza hay muchos edificios, y con ellos muchos balcones. Me pregunto qué hay detrás de cada uno.

Por Luis Laffargue