Possession, el ya clásico de culto de 1981, se reestrenó en las salas argentinas el jueves 29 de mayo. Tal vez su aparición otra vez en el cine invite a nuevas preguntas e interpretaciones, pero en principio cabe interrogarse qué relectura despierta hoy su narrativa o esa poderosa y espectacular actuación de Isabelle Adjani, por la que recibió el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes en 1981. Casualmente o causalmente, como enganche o no, la aparición de la película tiene lugar a pocos días de terminar el acontecimiento cinematográfico más prestigioso del mundo.
Resulta atractivo descubrir otros análisis sobre esta particular pareja, en la ficción interpretada por la actriz francesa y el actor Sam Neil. Ambos personajes entran en crisis, en un devenir de locura audiovisual, en un film tan controversial por su propuesta, tan polémica, sin lugar a dudas, pero tan disparadora de múltiples espectros. De hecho, si se entra en Youtube, se puede encontrar con videos y varias investigaciones.
En esta ocasión, y con respecto al concepto de belleza, existe la posibilidad de hallar nuevas texturas estéticas en un universo de repeticiones, o por lo menos, redescubrirse para un nuevo público. No son nuevas en realidad, porque ya existían, pero en este enjambre de plataformas donde todo en muchos casos es la copia de la copia, donde el lenguaje se parece más a sí mismo, Possession y sus dos horas de duración, emerge como algo distinto. La arquitectura, el espacio y el lugar ya de por sí son otros protagonistas indiscutibles. Una Berlín de guerra fría. Muy fría.
Se trata de qué hacer con tanta sobreinformación contemporánea para abordar con curiosidad este producto que ya tiene cuatro décadas. Se trata de reflexionar sobre aquello que dijo la propia Adjani alguna vez en relación a la película: pornografía psicológica. Se trata de mirar con otros ojos.
Como todos los clásicos, o representaciones artísticas de trascendencia, a efecto de no perder vigencia con el paso del tiempo, lo verdaderamente enriquecedor de la obra de Andrzej Zulawski es el ejercicio intelectual que propone hoy, sin habérselo propuesto. No es pretenciosa, es realista. Un disparador para pensar la forma de producir de aquel tiempo, qué se puede hoy, qué ya no. Pero también, sobrevuela con su estreno una idea que se escuchó bastante en los últimos días, y guarda relación con la serie El Eternauta: lo viejo sirve. Sirve para pensar el audiovisual de hoy. En este caso, la cinta de origen francés, “vieja” para un espectador nuevo, funciona no solo para hablar de la historia, sino sobre sus modos de crear, y por supuesto, de hacer. Possession es arte mayor, con lo bueno y lo malo en partes iguales.
Para aquél que busca concretamente de qué se trata, y no de una apreciación por parte de quien escribe, la sinopsis oficial enviada por la prensa es la siguiente: “Berlín antes de la caída del muro. Cuando Marc regresa de un viaje encuentra a su esposa Anna cambiada, nerviosa y muy perturbada. Al fin, le confiesa que tiene una aventura con otro hombre y lo abandona. Marc cae en una terrible depresión que lo lleva casi al borde de la locura. Poco después Marc se entera de que su mujer también ha abandonado a su amante, y la verdad sobre la aventura secreta de Anna se revelará monstruosa”. Y realmente es así.
Es cruda, y tantos adjetivos más.
Por Luis Laffargue



