Carlos March es un actor de larga trayectoria. Hace unas semanas fue convocado por la Universidad de Salvador para dar una charla. Ahí lo conocí, donde doy clases, un jueves a la mañana. Campartió su experiencia ante alumnos y alumnas, contando detalles sobre su personaje de Charly, ese hombre soberbio, de aspecto malo, serio, que anda a los tiros con Juan Salvo (Ricardo Darín) en el segundo capítulo de El Eternauta. Habló sobre esta producción argentina, dirigida por Bruno Stagnaro, celebrada en el país y en el extranjero. Contó muchas vivencias, fuera y dentro de escena: casting, trabajo en equipo, ideas, entre otras. Pero la curiosidad mata al gato y el profesor quería saber más sobre este hombre. Pedí su contacto y lo llamé por teléfono. Contestó amablemente y arreglamos un horario para un viernes a las 16:30 horas, luego de idas y venidas en la organización de la llamada.
Cuando se lo escucha hablar, su tono es pausado. Carlos escucha, piensa y responde. Las preguntas lo hacen ir al pasado, a los 70, precisamente. Pasamos un instante por su adolescencia. “Era medio payaso entre sus amigos”, se refiere cuando hacía reír a los suyos.
Al terminar el secundario, por seguir a una de sus amistades, ya que quería estar con su grupo, se anotó para estudiar Ciencias Exactas. No sabía muy bien qué hacer al terminar la escuela. Siguió a su amigo, a su grupo. Hizo el ingreso y eso le llevó todo un año. Después, seis meses más. “Si me preguntas cómo hice para ingresar, no tengo ni idea”, reflexiona. Algo parecido sucedió con El Eternauta; aún hoy desconoce de dónde vino el llamado por teléfono cuando lo convocaron. Un misterio.
La actuación no estaba muy lejos, pero aún no vislumbraba en sus planes. Ni lo pensaba dedicarse de lleno a eso. Cuenta que, en aquel tiempo, solía imitar a los profesores. Incluso una vez, mientras con sus compañeros pasaban el tiempo en el aula magna, se enteraron de que había faltado uno de los docentes. Carlos tuvo una idea. Se le ocurrió preguntarle al preceptor si tenía algún tipo de vestimenta para armar y hacerse pasar por el profe. Entró a la sala de profesores, en complicidad con su superior y encontró algunas cosas, por ejemplo, un guardapolvo, o un sombrero. Lo que había. Se hizo pasar por la persona real y logró engañar por un tiempo prolongado a sus compañeros, al entorno, hasta que todo lo que escribía en el pizarrón comenzó a levantar sospechas. “Escribía cualquier verdura, hasta que me descubrieron”, acota. Se escucha su risa del otro lado del teléfono. No recuerda con precisión el nombre o materia dictada por esa persona ausente, pero si la emoción de ese momento, convertida en esta conversación en una anécdota. Se percibe el disfrute al narrar ese pasado. “De pibe era tremendo, tenía esa capacidad. Iba por la calle y a la gente te la sacaba enseguida”, rememora.
Pausa. Viene otro recuerdo. Un buen día, un amigo formaba parte de una obra de teatro, un clásico de Gregorio de Laferrere, ¡Jettatore! Le propuso reemplazar a otro actor, ya que había abandonado el elenco. Carlos no dudó mucho, porque ya su personalidad se prestaba para tal fin. Fue. En 15 días preparó el personaje. Ahí comenzó oficialmente en un teatro. “Cuando estrené se armó un revuelo con mi personaje… Produjo una reacción que movilizó todo mi cuerpo. La gente se reía, se mostraba conmovida. Era la primera vez que sentía comunicación con el público”, dice al precisar esa imagen.
Esa experiencia funcionó como un disparador para abandonar la facultad, ir y hablar con sus padres, que, según él, soñaban con otro futuro para su hijo en esa época. Sin embargo, los planes fueron otros. Les contó su decisión. Su padre reaccionó de manera singular: lo anotó en la “vieja” Escuela Nacional de Arte Dramático (hoy UNA) en aquellos años setenta. “Era especial mi padre”, dice Carlos.
También, en ese contexto, el actor menciona que militó en la Juventud Peronista, en una época convulsionada. En su relato emerge otra imagen: tomaron el conservatorio junto a sus compañeros. Después se fueron de ahí, siguiendo a un profesor que también había dejado el lugar. No terminó allí, pero siguió su propio camino formándose por su cuenta: música, talleres, cursos. La música también ocupa un rol central en su formación. Pero, sobre todo, él mismo se define: “Soy un actor formado para el teatro”.

Con el paso de los años vinieron los ochenta, el momento en el que conoció a lo que él llama su padrino artístico: Hugo Midón. Trabajó en muchas obras hasta 1998. Hoy, de ese aprendizaje y tantos otros, Carlos dicta talleres. Incluso en su cuenta de Instagram se puede apreciar varias publicaciones con el siguiente título: Universo Midón. Ahora se encuentra haciendo un relevamiento con los interesados, con material de las obras de Hugo Midón. “Te diría una combinación de Clown y comedia musical”.
En relación a esa dinámica señala: “Trabajo mucho con la impronta de cada uno, no tengo un manual. Tengo un caudal de experiencia, eso me permite percibir. Cada grupo tiene sus problemáticas, deseos y sueños. aparecen las propuestas a partir de lo que veo. Surge lo espontáneo, porque cada grupo es un mundo. Me concentro en la conformación de cada grupo. Más allá de la actuación, está la parte humana, de valores y compromisos. El tiempo es el mejor aliado”.
Se define como un hombre de teatro, más allá de su paso por la televisión y el cine, por ejemplo, en Flop (1990), de Eduardo Mignona. Pero en esta actualidad también llegó El Eternauta. En pocas palabras, para él transitar por esta serie de Netflix fue de un impacto muy fuerte, por la cantidad de personas que trabajaban o por los escenarios reales, ficticios y combinados. Lo resume en un solo término: mágico. “El mismo proyecto nos ponía a todos en el mismo compromiso. Fue un aprendizaje múltiple”, finaliza.
Al principio de la entrevista, se le preguntó si, ante tanta difusión, notas y diálogos sobre este audiovisual tan popularmente conocido, se cansó de hablar del tema. Respondió de esta forma: “Es la obligación de uno hacerse cargo de lo que sucede, desde lo bueno, hasta lo malo”. Se lo escucha sincero, contento y orgulloso de lo vivido. Se termina la llamada porque tiene un conversatorio en un rato. Nos despedimos. Tuvimos una conversación cercana a los 28 minutos, donde los temas iban y venían. Posiblemente la palabra TEATRO sea una de las más repetidas. Es una forma de conclusión.
Por Luis Laffargue





