Darío Villaroel es el protagonista de la película El hombre más fuerte del mundo (2022), documental que tuvo su premiere mundial el sábado 22 de abril en el Buenos Aires Festival de Cine Independiente (BAFICI). La obra narra la vida de este palpaleño de 42 años, que mide 1.24 metros. Un relato construido con su propia voz junto a la de familiares y otros testimonios, una historia con piedras en el camino, con drama, emociones, y preguntas sobre el proceder de algunas instituciones, como el caso de los Juegos Paralímpicos. Después de algunos años de practicar el levantamiento de pesas, hoy Darío se dedica al fisicoculturismo. Un día, y no cualquier día, en su cumpleaños Darío conoció a quien lo iba a dirigir, Fernando Arditi. Metáfora: te regalo una película. Una semana antes se había contactado con él para contarle la idea del audiovisual. Cuatro años más tarde, Darío se sentaba en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín a ver la producción por primera vez, su historia en la pantalla grande. Al terminar la función fue aplaudido efusivamente. Días de Película habló con él minutos antes de la segunda función en el BAFICI.
-¿Cuál fue la primera impresión al verte en la pantalla?
-La primera impresión que tuve fue la energía de las personas. Eso me llamó mucho la atención. Esa energía que te hace sentir bien, que te hace sentir cómodo, que te hace sentir que les gustó. Digamos, hubo una conexión donde la gente estuvo pendiente desde que empezó hasta que terminó la película. Eso me llamó la atención del público.
-Al terminar la primera función subiste al escenario a saludar, a presentarte, responder preguntas. En un momento mencionaste “las cosas malas pasan por algo”. ¿Cuál es el sentido de esa frase?
-Creo que a los mejores guerreros los ponen en las peores batallas. Y mientras uno siente que está en el fondo, decayendo, si no peleas, nunca vas a descubrir el mensaje. Porque de todas las cosas injustas que me pasaron, ya han pasado como 12 años. Y ahora se va hacer visible. Entonces la gente va a entender por qué pasó lo que le pasó a este muchacho, por qué sigue sonriendo en la vida. El mensaje sería que a veces uno se siente estancado y que no puedo seguir más, pero te están ofreciendo la posibilidad de cosas mucho más grandes para poder sostenerlo y decir: “¡Ah, por eso me pasó esto!”. Creo que a mí me estaban preparando desde el comienzo para recibir cosas mejores. No a nivel material, sino a nivel energía, madurez espiritual. Para poder dar este mensaje en el documental.
-Hablaba con Fernando sobre la construcción del relato en la historia, él plantea el concepto de héroe. ¿Te sentís un héroe?
-No me siento un héroe. Todos nacemos como héroes. Solamente hay barreras que al tener miedo nos quedamos estancados. Y esa fue la diferencia. Otras personas y yo rompimos esa barrera. Hay que sacarse el temor y el miedo para saber qué viene más adelante, por qué uno va sembrando cosas. Y ahí vuelvo a la pregunta que me hiciste: esas cosas malas que te pasan, te fortalecen en todo sentido. Eso te madura para poder afrontar.
Estuve mal un tiempo, lloré, pero me dije no puedo estar así, estoy marcado en la vida para algo. El día que cierre los ojos voy a saber por qué. Eso me propuse en mi vida: ¿hasta dónde puedo llegar y dejar algo en la tierra?
-En una escena del film te emocionas al relatar sobre una historia personal, sobre un amor pasado, precisamente. ¿Fue un momento clave para mirar hacia adelante?
-Ese momento fue más personal, amoroso. Pero fue clave para todas las cosas que fueron pasando. Fue una mezcla a nivel personal, social y de amor. Cuando pasé esa barrera, me dije, acá debo enfrentar el dragón más grande. Me doy cuenta de para qué estaba hecha mi vida. Hoy hago lo que me gusta. Hago culturismo fitness y sigo compitiendo. Ese es mi mensaje en la película, alguien que nunca se rindió hasta saber para qué estaba hecho en esta tierra.
-¿Cómo fue participar de una película?
-Nunca lo pensé. Venía haciendo charlas de motivación. Y cuando conozco a Fernando todo comenzó a fluir. Fluye porque una persona está vinculada a nivel energía. Durante el rodaje, sin contar el 2020 (por la pandemia), se fue dando todo. Fue más disfrutar el momento, desde el rodaje hasta que se terminó. Hasta el momento de hablar contigo ahora lo sigo disfrutando.
-A veces en las ciudades pequeñas, la filmación de una película es un acontecimiento. Y a veces los protagonistas cobran notoriedad. ¿Te sentís la estrella de Palpalá?
-No me siento así. En mi ciudad me muevo tranquilamente.
-¿Y por parte de los vecinos?
-Sí, la gente te admira mucho por las estructuras que vas rompiendo. Todos tenemos un brillo personal. Creo que soy Darío Villaroel, el hombre más fuerte del mundo, sí, pero llevo la fortaleza de mi madre, de mi familia y de mi corazón. Eso es lo que me hace una gran persona. La sensación de que cada mensaje que se vea en el documental llegue a muchas personas. Una estrella no me siento. El corazón me lleva a hacer estas cosas: haber levantado cuatro veces mi peso corporal, haber subido a hacer fisicoculturismo, ser campeón del mundo. Solamente lo disfruté.
Me dieron muchos cachetazos en la cabeza para que hoy en día esté preparado para algo. Brillo por mí.
-¿Tu familia vio la película?
-Mi familia no la vio. Está muy ansiosa. Cuando vayamos a Palpalá la van a ver y se van a emocionar. Pensé que siempre iba a estar con mi mamá y con mi papá, dependiendo de una pensión o estando con alguien. Ahora mi vida cambió radicalmente. Tengo mi casa propia, mi trabajo; es un gimnasio y está en la casa de mi vieja. Tengo un auto y aprendí a conducir. Mi cabeza siempre fue aprender a soñar y pensar que lo puedo lograr. Soy muy perseverante.
-Y lo has logrado…
-Sí, capaz que es un don que Dios me dio. Sé que todos lo tenemos.
-¿Sos creyente?
-Soy creyente. Es el propósito de él que por algo me mandó así a este mundo, de talla baja. Me veo al espejo y agradezco haber nacido así. Me reflejo como alguien que tendría 1.90 m.
***
La segunda función está por comenzar. Vienen a buscar a Darío, demorado un poco por esta entrevista. Piden por la presencia del protagonista en la sala. Se apaga el grabador. Darío se levanta de la silla, mira a los ojos, saluda con la mano y se retira. Siempre mira a los ojos. Su mano es pequeña y no se puede dejar de pensar en todo el peso que alguna vez levantó, levanta o levantará. El público lo espera. En el camino otras personas se le acercan con la intención de saludarlo. Y él lo hace, sonríe y continúa con su marcha. Y ahí va con su 1,24 metros de altura. En un rato dará su mensaje, casi como una prédica. Contestará preguntas.
Ingresa a la sala e inmediatamente se escuchan los aplausos. Se sienta en primera fila y se concentra mirando la pantalla. Se apagan las luces y comienza la función.
Por Luis Laffargue





