Hacia el final de su vida, Judy Garland– la super estrella, el icono del cine- se ve obligada a dar una serie de conciertos en Londres perseguida por problemas financieros y familiares. A través de la preparación y la realización de los actos musicales en el teatro, veremos el presente de la actriz marcado por adicciones y malas elecciones, a la vez que, una ráfaga de flashbacks nos muestran los inicios de su carrera que, como imaginábamos, fueron directamente una iniciación a la tortura, en la previa a la famosamente desastrosa filmación de lo que hoy es un metaclásico del cine: El Mago de Oz.
Con cierta sutileza, Judy (2019) muestra los abusos a los que fueron y son sometidas las jóvenes estrellas en la Meca del cine. A la vez que tenemos el agrado de ver a Renee Zellweger en una encarnación exquisita de la leyenda. Una actuación realmente maravillosa y por momentos de escalofriante parecido, pero nunca desde la obsesión del imitador sino desde la admiración profunda de una enorme y talentosa actriz.
Rupert Goold dirige una biopic no cronológica, que no explora la vasta carrera sino que se mueve entre los polos del inicio y la preparación tortuosa para convertirse en una estrella y el final tristemente previsible de un totem hollywoodense. Un enfoque interesante que tal vez no deje a los fanáticos conformes, pero y hasta donde puede, o quiere, denuncia lo que “el negocio” hace con aquellos que quieran pertenecer y aspirar a la gloria.
Las promesas, las violencias, las torturas, las drogas, la cosificación y lo inevitable que se vuelve la enfermedad mental en un ambiente sumamente tóxico, pero también lleno de complejas redes de encubrimiento donde sólo se resaltan las falsas y brillantes felicidades de esa maldición que se llama fama.
Por Jimena Bezares



