Envidiosa llegó a su fin. Solo el tiempo sabrá si Victoria Mori se reinventa con los años. La cuarta temporada, que ya está en Netflix, no plantea grandes sorpresas. Es la continuidad de un personaje popular y su relato, de los más exitosos en el ámbito del audiovisual nacional, por lo menos en los últimos años.
En este 2026 la protagonista sigue discutiendo consigo misma y en las sesiones con su psicóloga (la terapeuta habilita un artículo aparte, por esa construcción artística y por todo lo que se derivó a partir de ella). Están aquí temas tan presentes como el deseo de ser madre, la rutina de la pareja junto al hijo de él, el vínculo con las amigas o el nuevo foco para detestar/competir/odiar: la madre de ese niño que apareció en sus vidas, así, de un sopetón.
Todo junto, todo intenso, todo en plan comedia. Ahí, todo en Victoria, están sus sueños, los sueños en general. Y está la vida, que no necesariamente es como cada uno la sueña. Todo eso es un espejo.
Una de las cosas interesantes de la historia son los cambios ocurridos con los personajes; sutiles pinceladas y aristas sobre la psicología de cada uno de ellos. Griselda Siciliani se cargó al hombro cada uno de todos los capítulos. Interpretó a una Vicky agotadora, infumable, insoportable, envidiosa, lógico, pero también una persona humana con deseos de cambio, permeable a lo que acontece. Un ser humano avasallante y sensible en iguales proporciones. Un modelo de physique du rol.
La acompañaron casi los mismos de siempre: Esteban Lamothe (correcto), Pilar Gamboa (gran actriz), Lorena Vega (la genial psicóloga), Violeta Urtizberrea (otro intenso personaje), Bárbara Lombardo (quedó sin historia propia) y Susana Pampín (su personaje cierra de manera elegante). Se sumaron ahora Julieta Cardinale (impecable) y la reaparición de Benjamín Vicuña (ese color de pelo “teñido lo avejenta”). Tal vez el personaje de Nicolás quedó no muy resuelto en el relato, aunque entendible; faltó un mejor cierre. Tampoco hay que olvidarse de Roto, el perro.
Si es mejor o peor, mala o buena, entretenida o aburrida, responderá a los sentimientos de cada espectador. El final sabe a final de viaje, a reflexivo, a contemplativo, alejado tal vez de la comedia, cercano más al melodrama. Es circular, todo va cerrando.
Son ciclos, más allá de algún comentario o chiste por parte de Vicky, habilitando imaginar un argumento a futuro. O será desde este lado, o desde el espectador, quien imaginariamente sostenga un hilo narrativo más allá, perdurando en el tiempo. Con o sin temporadas, habrá Envidiosa para siempre.
Por Luis Laffargue





