Emily en varios lugares

Emily en París
www.instagram.com/emilyinparis / Netflix

La quinta temporada de Emily en París se estrenó hace pocos días en Netflix, uno de los éxitos de la plataforma en la escena universal audiovisual de entretenimiento, con un personaje instalado, reconocido y llevadero. Sin perder el frescor en cada capítulo, la primera imagen en esta ocasión abre literalmente desde una ventana: la protagonista mira a la capital romana. Todas las “ventanas” nos llevan a Roma parece ser, y desde ahí los múltiples disparadores de esta historia.

Ahora, con el objetivo de llevar adelante la oficina de Agence Grateau en esta emblemática ciudad. Entonces, el amor, la moda y el trabajo, acompañarán a Emily (Lily Collins) en una trama divertida (hace sonreír, no despierta carcajadas), junto a los mismos personajes simpáticos. Se encuentran la sensual Sylvie, el pícaro Luc, el fachero Alfie, la graciosa Mindy, el delicado Julien y el bonachón de Gabriel. Pero también le dan espacio en el argumento al galán/amor/pareja/socio de la protagonista: Marcello, el pintón. Un tano, tiene sentido. Y con mucha plata, detalle no menor.

Si bien el tipo de situaciones son nuevas, por lógicas de continuidad y retención de la atención, la estructura es la misma; si la fórmula funciona, para qué cambiar. Aparecen las marcas (Fendi e Instagram, por citar algunas, como un protagonista más); de hecho, aparece en los créditos se aclara lo siguiente: “este programa contiene Product Placement”. Sin capitales privados, no se podría producir.

En los diez capítulos también se percibe una suerte de audiovisual de turismo, símil a postales, sucesivas imágenes bellas, amigables y equilibradas, al servicio de la difusión. Porque además de la capital italiana, sobre el final emerge del mar la no menos turística y húmeda Venecia; con alta marea, interesante ver ese punto. Esto recuerda, ligera y caprichosamente cuando Woody Allen filmó en urbes que funcionaban como protagonistas: Medianoche en París o Vicky Cristina,Barcelona, por ejemplo. El cambio de escenarios es el cambio en sí de la serie.

También, una cuestión no menor, la quinta temporada es más LGTB Q +; Friendly. Por momentos hay situaciones disparatadas y tal vez erróneas en términos de lenguaje, donde los personajes que hablan un determinado idioma deberían remitirse a su propio contexto y no estar al servicio del inglés. Música contemporánea, acorde al estatus social, escenarios y narraciones. Y los estereotipos de las nacionalidades se acentúan, para generar la discusión social, cultural o de X.

Colorida como siempre, amena a la vista, Emily en París en su quinta temporada es un poco más de lo mismo, pero de esos lugares comunes a donde nos gusta reincidir y pasar un rato agradable, con resultado óptimo, aprobado.

Para felicidad de sus fans, continuará con una sexta temporada. Esto es, ni más, ni menos, gracias a la continuidad y capacidad de un producto audiovisual que supo instalarse. Aquí se desprende una pretenciosa analogía: tal vez las estrategias presentadas en la ficción sean al mismo tiempo un espejo para la estrategia real de la ficción como producto. Todo tiene que ver con todo.

Ahora será cuestión de esperar si la próxima locación es en la ciudad de la luz o vendrá un sitio nuevo. Veremos.

Por Luis Laffargue

Reseña
Calificación
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