En el primer plano aparece el detalle de un hombre que conduce un auto, con sus ojos concentrados en el manejo. El segundo plano es el contexto, donde aparecen tumbas. Surge por ahí una chimenea con humo, un hombre (el mismo del inicio) camina por una calle de un cementerio. En la oficina de administración el personaje cuenta el motivo por el que se encuentra ahí: extraer los restos de su madre y llevarlos al osario común. Más tarde un sepulturero dice “voy abrir la mortaja”, tras descubrir la sepultura. Al rato ese hijo abre una puerta, ubicada sobre la tierra, como si fuera una fosa, tira la bolsa y dice “chau mamá”. Así comienza el documental El Villano (2023), un audiovisual ambiguo; inteligentemente ambiguo. Se verá en los 75 minutos siguientes al actor Luis Ziembrowski indagando, actuando, pensando.
La obra tiene varias capas de interpretación. De lo general a lo particular es una historia de vínculos, el punto de partida, aunque suene más a lugar común. Otra posibilidad es buscar en esta narración fragmentos de un actor, es decir, de Luis Ziembrowski, quien a la vez es guionista y director en conjunto con Gabriel Reches.
También, por qué no, cabe preguntarse como otro eje cuál es el límite entre la realidad y la ficción, o, en todo caso, cuál es la frontera de lo híbrido. Pero, fundamentalmente es interesante preguntarse cuánto hay de la actuación en un personaje que hace de sí mismo en este documental. ¿Está actuando? ¿Es él? ¿Quién es?
Vemos a un actor conocido por sus papeles de villano, curriculum que funciona como una de las premisas, marcado por la ausencia/presencia de un padre que poco a poco junto a otros personajes/testimonios irá revelando la trama. En esa construcción el hijo intenta reconstruir su pasado.
En concreto, en la información de prensa, en un subtítulo que dice “Motivacion de los directores”, la palabra del protagonista señala: “Mi papá biológico desapareció de mi vida cuando yo tenía menos de dos años. Me dijeron que se había ido de viaje: cada vez que escuchaba un avión, miraba hacia el cielo, buscándolo. Cuando lo conocí, cuatro años después, lo primero que le dije fue: “Yo no te conozco, pero sé que sos mi papá”. Puedo contar con los dedos de las manos las veces que vi a Santiago, ese fantasma acechante que fue sastre y jugador. Ruleta y caballos, aunque también quiso ser actor…. pero el hampa lo tentó”. Después veremos cuánto de Santiago es verdad y cuánto no, nutrida por la mirada de un hijo, de un actor, de un padre, de un hermano, de un amigo, todo en una misma persona.
El material de archivo es fundamental para esa tarea: primero para presentar algunos de los trabajos que Ziembrowski realizó en su carrera cinematográfica, para ir descubriendo a su progenitor, con el aporte de testimonios, reconstrucciones y conjeturas, sin importar la calidad técnica de los mismos. Hay que dejar de lado sus movimientos de cámara o tecnicismos, porque parecen incorrectos, imperfectos. Sutilmente esas texturas se suman a las tantas capas de interpretación que emanan en la historia.
Y entre una cosa y la otra emerge esa ficción, otra forma de buscar explicaciones tal vez. ¿Qué será la ficción entonces? Es posible también que este formato documental ni siquiera haya sido pensado como fin, sino simplemente como un registro, otro ejercicio más de la actuación, una puesta en escena. En todo caso, es un audiovisual retórico. Si se quiere también se lo puede pensar como un ensayo visual.
El villano es una idea personal, bien elaborada, y convertida en un producto que no parece destinado a lo comercial, sino a la apertura del análisis, a los significados de cómo se mezclan la verdad y la mentira; o viceversa. Funciona para pensar precisamente cómo se construye una historia y las vueltas que ésta puede tener.
Por Luis Laffargue



