Boris (Matías Mayer) trabaja en las Cataratas del Iguazú, conduciendo una lancha, en esas excursiones que llevan a los turistas con el fin de mirar cercanamente la caída del agua y empaparse a más no poder.
El muchacho a sus 35 años parece llevar una vida tranquila, con una novia bonita (Yoyi Francella), una madre dicharachera (Inés Estévez), un laburo que parece gustarle, viviendo en un bonito paisaje, entre el verde de la selva/monte y el colorado de la tierra en Misiones. Pero un día su padre (Oscar Martínez) aparece, así, de repente, tras la ausencia, después de haberlos abandonado a él y a su madre. Viene a encontrarlo, a buscarlo, a hablar.
Pasan los minutos y me pregunto si el argumento será previsible. Si a partir de ese determinado tiempo pasará tal cosa, sucederá. Juego a eso: si se trata de la culpa, del perdón, de “arreglar” cuentas, saldar el pasado. Vamos adivinando porque a usted, en una de esas, le pasará lo mismo. No. Juzgo mal. Sucede algo.
Eso cambia la perspectiva de la película, porque la convierte por fuera de la trama y la pantalla, en un tema contemporáneo, en términos de opinión pública. Según esta figura paternal, ausente, ha venido a cerrar una parte de su vida. Comienza un nuevo vínculo, desconocido y por conocerse.
La nueva obra de Marcos Carnevale podría dividirse en dos partes: antes o después de un pedido. Equilibrada en colores, El último gigante (2026) se construye sobre una imagen agradable, armoniosa, prolija. La producción fue estrenada hace pocos días en la plataforma Netflix.
Ofrece un relato esperanzador, como en otras construcciones cinematográficas del autor. Sobre un triángulo marcado por papá, mamá e hijo; el resto de los personajes son periféricos, acordes, acompañando el contexto de los protagonistas, pero necesarios para entender el cuento. De ahí podría sustraerse el de Luis Luque; tema aparte.
Dos observaciones más: el film reserva también el maravilloso encanto de mostrar a Inés Estévez cantando; sútil y elegante al oído. Pero también no escapa a un tipo de audiovisual donde, por lógicas de producción, no se sabe si la intención es publicitar el lugar turístico o la fuerza dramática de la geografía hace a la trama.
Como señaló Estévez en una entrevista, la narración no juzga, no hay buenos ni malos. Es posible que esa breve expresión sea el mayor logro de la historia. O pensar en viables preguntas. ¿Qué es juzgar? ¿Desde qué lugar se juzga? ¿Quién puede juzgar?
Por Luis Laffargue



