Una familia está feliz en las primeras imágenes, con una casa parecida más a un set de filmación que a una real. El niño encuentra en el jardín la cola de una supuesta lagartija. Con el padre hablan si el animal crecerá o no. A la brevedad sucede algo. La muerte. Alguien resucita, gracias a la fuerza producida por un rayo imponente, proveniente de las fuerzas del cielo, mientras está en una camilla, dentro de un quirófano y sin signos vitales. Comienzan las pulsaciones. El clásico “pitido” y las líneas en formas de montañas. Las expresiones faciales parecen exagerar.
Quien sobrevive es un niño (se hace un poco de spoiler acerca de los primeros minutos). Luego, la criatura aparece con un dedo de su madre, quien ya se sabe que murió; las uñas de la difunta están pintadas de color amarillo.
Acto seguido el nene lo entierra (tal vez piensa que es una semilla). Invoca palabras al universo, con un tono distinto. Suena macabro. Su padre lo escucha. La trama sigue. Con el tiempo se verá el crecimiento debajo de la tierra, como un poder oculto. El terror se debería ir construyendo lentamente, en paralelo. Pero no. Al final solo parece un montículo común y corriente, con movimientos subterráneos.
Avanzan las escenas, aunque el miedo brilla por su ausencia. ¿O acaso el miedo tiene miedo a aparecer? Las actuaciones tampoco mejoran. O cabe la pregunta, o varias, por qué no, (para que esta crítica no sea tan injusta con un producto audiovisual, consecuencia del trabajo de muchos, esperando el mejor resultado): ¿En oriente las actuaciones tienen otro tipo de emociones y gestos? ¿Hay una forma precisa de actuar en occidente? Aquí, en el Japón que se muestra, los personajes parecen sobreactuar.
Hacer terror es complejo, y no siempre se logra. El último conjuro (The Forbbiden Play, 2024) recae en esto último. Los géneros tienen ciertas características, infaltables para ser parte de una determinada clasificación. En ocasiones hay aspectos que se repiten y provocan lugares comunes, como aquí. El hilo conductor se entiende, sus arcos narrativos corresponden a una estructura clásica, con algunos flashbacks tampoco logrados, y no hay sorpresa. Todo queda claro, a tal punto que se puede jugar a la adivinanza y acertar sobre el desarrollo de las escenas. La cinta dirigida por Hideo Nakata es de “terror”. Posiblemente el fanático del género aprecie detalles que pueden pasar desapercibidos en esta nota.
Después de una hora y cincuenta minutos se podría preguntar ¿Qué es el terror? ¿El terror se define por los gustos personales? ¿El terror es en función de una cultura o un determinado lugar? ¿El terror solo es entendido por fanáticos? El último conjuro puede ser un buen producto para analizar los recursos narrativos en el séptimo arte o terminar como otra película que pasa sin pena ni gloria. Y sin miedo.
Por Luis Laffargue



