Una pareja entra a la sala de cine y se sientan adelante. Ella sostiene el balde con pochoclo. Él lleva en su mano derecha el vaso con gaseosa que van a compartir. Comen. Hablan al oído de asuntos de todo, menos de cine. El volumen de sus voces podría considerarse irrespetuoso en ese contexto. Empieza la función. Hablan, comen y toman. Y así, repetidamente, incluso con las primeras imágenes de la película. Fastidian. Hasta que, gracias al poder del cine, o la música de Virus y el baile de los protagonistas se hace la magia y quedan estupefactos. Con un ojo en la pantalla y otro en cómo reaccionan, poco a poco la historia los llama a silencio. El masticar de las palomitas de maíz se vuelve más lento. Por fin. Cae al suelo desde su caballo el muchacho que encarna y se pone a los hombros la trama. Título en pantalla: El jockey.
La nueva película de Luis Ortega nos muestra a Remo Manfredini, un jockey, de trascendencia en esa disciplina, una suerte de ídolo. Las personas que lo rodean dan con todo el aspecto de mafia. Clima oscuro, atmósfera preocupante. Hay algo turbio en ese ambiente, sin ser una intención explícita para hablar del universo de las apuestas, del hipódromo, de ese mundo no tan retratado, el verdadero. A Remo lo quieren controlar. Hay mucho en juego alrededor de él, un antihéroe encarnado con gran versatilidad por Nahuel Perez Bizcayart. Brillante.
Este hombre muestra estar un poco desequilibrado. Su rendimiento no es el mejor y todos están preocupados, incluso su pareja, Abril, en la piel de Úrsula Corberó, correcta, y con quien tendrá un hijo (los bebés y los animales son un capítulo aparte en esta narración cinematográfica). También está el jefe, interpretado por Daniel Giménez Cacho y que lo controla, un hombre oscuro, acompañado por una serie de matones, entre ellos Roberto Carnaghi, Osmar Núñez y el recientemente fallecido Daniel Fanego. Los tres están al acecho, pendientes de los errores de Remo. Complejo el protagonista. Y todos los personajes y animalitos que se presentarán con el tiempo.
Todo esto podría ser un punto de partida para comprender las múltiples capas que se desprenden del relato. Con el correr de los minutos, las escenas aportan nuevas informaciones, datos, detalles, objetos, movimientos, coreografías y gestos. Se construye un mundo surrealista y real, en iguales partes. Retórico. Basta citar el rostro de Remo cuando sufre una transformación tras despertar luego de un accidente. El sutil y elegante maquillaje en su rostro. “Morir y nacer de vuelta”, parte de un diálogo mencionado en alguna parte. Se muere en gris y se renace en colores. La libertad del autor es uno de los puntos destacados. Un guion completo con situaciones y emociones que no dan respiro. Un trayecto gracioso e irónico, por momentos.
Tras el paso por el Festival de Venecia, y ahora representante de la Argentina para competir en los Oscar 2025, El jockey es un cine sin prejuicios, para sumergirse en múltiples interpretaciones. Algo sobre las adicciones, la soledad, la pasión y, claro está, el siempre infaltable amor, visto desde otro punto de vista. De esas películas obligatorias para la relectura cinematográfica, por su abundancia con disparadores estéticos y narrativos, imposible de abordar en sus 96 minutos. Difícil de encasillar en un género. Distinta, con un gran elenco y que no pasará como una más. Futura película de culto.
Por Luis Laffargue



