El Buenos Aires Festival de Cine Independiente (BAFICI) había comenzado. Era sábado y las entradas estaban agotadas para varias funciones ese día. Los cinéfilos porteños no perdonan. Esa tarde junto a una amiga asistimos a una charla sobre Accesibilidad Audiovisual. El plan para después consistía en poder ir a una proyección. Mi amiga encontró el siguiente título: El hombre más fuerte del mundo, un documental que hacía su premiere mundial en la Sala Lugones del Teatro San Martín.
Fuimos. Antes de ingresar en la sala, sobre unas mesas había publicidad sobre la obra, próxima a ver. Es la imagen de un hombre. Sonríe. Parece estar arriba de un camión 11.14 (después sabremos que no es un camión). Su pelo es azul. Prima en el resto de la foto un cielo rosado. Una ruta azul y otros elementos a los costados. Los colores son atractivos, como también los gatitos que aparecen en las letras del título. Hay, además, la figura de un hombre morrudo, una metáfora. Un gato, pirámides y una torre industrial. Es una síntesis visual. O el plato de entrada. O un primer acto.

Sala llena. Comienza la función. O el primer plato. O el desarrollo de la obra.
Comienzan los colores, la vivacidad de la fundición del hierro. Tema aparte y que sugiere su libre interpretación. Esos colores están a tono con otros espacios, otras texturas, escenas que se irán descubriendo. Son el contexto. Entretejen la trama.
Como ocurre en muchas películas, los primeros minutos de una obra se dedican a presentar al personaje y su entorno: ahí está Darío Villaroel, un hombre de 42 años, oriundo de Palpalá, provincia de Jujuy, mide 1.24, hace fisicoculturismo y es el hombre más fuerte del mundo.
Usted, estimado lector, se encuentra ante un documental donde hay conflictos, superaciones, emociones. Es la historia de un ser humano que un buen día la vida le ofreció ser protagonista de una obra. Las cosas pasan en la vida y también en las películas. Está dirigido por Fernando Arditi, responsable junto a su equipo de producción de llevar adelante el trabajo durante cuatro años, y que vio la luz en el BAFICI, en su premiere mundial. Son 75 minutos de cine. O de vínculos, palabra repetida por el realizador cuando le preguntan de qué va la cinta. Y tiene razón, ¡son los vínculos, espectador!
La proyección se desarrolló casi en su total normalidad. De a ratos la voz de una criatura resaltaba entre lo que transmitía la pantalla y la atención de los espectadores. Diálogos infantiles, probablemente ante la curiosidad de alguna imagen. El resto, silencio. O risas, según la interpretación y la vinculación de las situaciones con las escenas. Y hablando de ellas, de las escenas, hay una en la que parece un guiño, o, por qué no, hay cierta lectura intelectual al final de una de las películas de Lucrecia Martel; otro personaje del norte argentino. O simplemente es una imagen evocada de un recuerdo.
Pantalla en negro. Aplausos. Terminó el plato principal. Se dice mucho sobre el mito de los aplausos en el Festival de Cannes, que tanta cantidad de minutos, que la aclamación, que esto, que lo otro. El BAFICI, por lo menos en este evento, parecería no tener nada que envidiarle.
Dicen que es la primera vez que Darío se vio en la película.
Es el momento de la frutilla del postre: se acercan al escenario el director y el protagonista. Impensado para muchos asistentes. Aplausos. La baja estatura de Darío cobra inmensidad en el escenario. Habla el realizador, primero. El protagonista, después. Preguntas del público, lógico. En una de las respuestas, Darío suelta al público: “las cosas malas pasan por algo”. Silencio cinematográfico.
Hay quienes señalan que esta obra funciona como una historia de resiliencia. Discutible. Lo que sí vemos es a Darío contando su historia. Sobre él también aportan su visión de la historia la madre, amigos y otras personas. El relato se va construyendo. Incluso hay otro personaje, un maestro, importante. Su voz, es decir, el contenido y su sonoridad, ayudan a mantener el equilibrio. Sin ser el protagonista, es un protagonista también.
Años atrás Darío levantaba pesas, hasta que una resolución de los Juegos Paralímpicos tomó una decisión. Fue un hecho desencadenante, que obliga a replantear y modificar el futuro.
El hombre más fuerte del mundo ahora es fisicoculturista. Lo vemos viajar a distintos lugares: Brasil, México, Bolivia, etc. Vale bien mencionar que estamos ante un road trip por momentos. Un género dentro de otro género. Una producción argentina cuyo origen se remonta a tiempos antes de la pandemia, cuando Arditi buscaba algo que contar. ¿Y qué encontró? Encontró a Darío en un artículo periodístico. Lo ubicó y le planteó la idea de la película. Y dijo que sí. Así de fácil.
Nació un vínculo que, hoy, según ambos, es una amistad. Eso se percibe al verlos. Dicen (otra vez esta palabra) que cuando hay mucho trabajo por detrás, en la pantalla se nota. Estamos en lo correcto. Pura química.
Arditi en una charla con Días de película, en la segunda exhibición del festival, el lunes a la tarde, señaló lo siguiente: “Son cuatro años de vida. Empecé a leer un diario de Jujuy, y me encontré un epígrafe con el personaje del año. Estaba la nota de Darío, pero segundo en el ranking. No recuerdo la primera”.
El director se ríe al relatar la anécdota. Va y viene porque debe estar atento al comienzo de la segunda función.
De un diario de interior, a la pantalla. Ya ven, ideas hay en todas partes. Luego, cuando volvió a la charla, acotó: “Había alguien más interesante como el personaje del año, pero no me acuerdo ahora. Lo contacté (a Darío) y a la semana estaba viajando. El documental tiene eso. Es la síntesis de un vínculo, o de varios vínculos”. Ese encuentro sucedió en el día del cumpleaños de Darío.
Se habló también del montaje del documental. Arditi plantea la elasticidad que propone este género en la edición. Porque en muchas ocasiones suceden cambios de rumbos en las películas documentales o que tratan de esa supuesta pero mal reconocida “realidad”. Uno puede empezar por Buenos Aires y termina en Palpalá, en definitiva. Se nace con una idea original para terminar en lo opuesto. En ese sentido, el director aclara que su relato se mantuvo fiel, en línea general, al argumento inicial. También reconoce que se probaron otras cosas en el montaje, además, seguramente, de las horas grabadas no incluidas en el corte final.
En línea con la idea del relato, con la gesta del cine documental, Arditi expresa: “Los personajes de talla baja, vinculados a la mitología, son personajes más asociados a lo grotesco, a lo monstruoso, a lo fantasioso. A mi me parecía que resaltar que el mundo es lo grotesco, lo terriblemente dramático para todos, para Darío también. Y que en esta mitología, en esta película, el héroe era él”.
La película interpela. Usted, lector, responde. Hay un mensaje.
El resultado de El hombre más fuerte del mundo son imágenes intensas. Planos detalles que suman a la construcción narrativa. La historia de un ser humano luchando contra las adversidades, con piedras en el camino. Es el resultado y sus logros. Personajes que entran y salen para marcar quién sabe qué cosa en la vida de cada uno. Son las lágrimas, productos del amor, tal vez. Porque Darío habla desde el corazón. Porque la pantalla transmite eso. Algunos asuntos tienen lógica, otros deberá interpretarlos usted.
Hoy será su tercera presentación en el BAFICI. Luego vendrá su recorrido habitual por festivales y el estreno comercial previsto para el segundo semestre del 2023. Si queda alguna entrada para esta función vaya, vea y oiga. Y saque sus conclusiones.
Por Luis Laffargue





