De ronquidos y emociones en el BAFICI

El hijo y el mar
El hijo y el mar, de Stroma Cairns / www.bafici.org

Los días del BAFICI pasan. El público va y viene, con folletos en mano, con celulares y sus QR en pantalla para ingresar, con sus credenciales colgadas en sus pechos o, simplemente, con lo cotidiano del día. La ocupación de las butacas es dispar, varía según los individuos, los horarios, el poder de convocatoria del film o el tiempo de ocio destinado para el fin de semana. Hay funciones agotadas, sí, pero también las hay semi vacías. Hay detalles en cada función.

Es la tarde del 22 de abril a las 16:40 hs. En la función de El hijo y el mar (The Son and the Sea) un hombre comenzó a roncar a las tres cuartas partes de la proyección, que, por cierto, ésta producción fue una de las seleccionadas en la Competencia Internacional. Su ronquido parece una extensión de la banda sonora real. Por suerte acontece cuando la emocionalidad de la historia aún no ha explotado.

Dirigida por Stroma Cairns, el relato ofrece pinceladas interesantes. Las primeras imágenes revelan la ansiedad del personaje central, Jonah. Un rubio de treinta años inquieto y ansioso. Muy lentamente ese estado logra transformarse en calma. Sin demasiados giros en la trama, El hijo y el mar mantiene con esperanza la narración. La inclusión como tema y problemática también se apunta, aportando su grano de arena para destacar ése resultado. Fluye, como ese viento y como ese mar condensado en sus imágenes grises y frías, pero amables a la vista. El resultado de la obra es una suerte de camino sobre el aprendizaje y los entornos que nos rodean, con paisajes escoceses en este caso.

Hay otras miradas, voces oficiales. Copiamos un fragmento de lo que expresa Javier Porta Fouz, el director del festival, en el catálogo oficial: “En las islas el mar sí se puede concebir, o concebir con mayor facilidad y cercanía. El mar como promesa, como escape, como posibilidad de sanación. Ópera prima orgullosa de sus lugares y de su viaje, The Son and the Sea descree de la distancia y del ascetismo, o más bien descree de la desaprensión, tanto emocional como en términos de puesta en escena (la cámara cercana, que se mueve porque busca empatía y calidez y nunca el mareo o la confusión)”.

La sala está completa y la atmósfera es agradable. El público ha mirado otra película, basada en las decisiones de otros, de aquellos alcanzados (o no) por un criterio cinematográfico. Porque un festival es eso: ver una selección de ideas y estéticas elegidas para un determinado marco y contexto. No levantarse de la sala, como sucedió en este caso, es un aval a ese corpus audiovisual.

¡Ah! Última oración para el cierre de la nota: al señor de los ronquidos, evidentemente lo despertaron, o lo codearon, o se dio cuenta solito. No hubo interferencia sonora sobre el final. Nada fue arruinado.

Por Luis Laffargue