Un amor incompleto (Une part manquante) se estrenó el jueves 30 de octubre pasado. Protagonizada por Romain Duris, la trama entera sucede en Japón, donde el actor galo encarna a Jay, un personaje de aspecto amable y sereno que irá abriendo sus capas interiores con el devenir de las escenas.
Primero sabemos que es taxista, que habla muy bien japonés, que vive solo con un mono llamado Jean Pierre (tiernísimo por cierto) y que su casa está por venderse, entre otras particularidades menores. Y así, lentamente, porque la obra tiene un ritmo lento, aunque sin aburrir, se comenzará a descubrir quién es el muchacho francés radicado hace nueve años en el país asiático.
En ese contexto, aparecerán otros personajes, periféricos, más cercanos o más lejanos según su círculo social. Hasta que el momento de tensión emerge indiscutiblemente: nos enteramos que Jay está buscando a su hija desde hace mucho tiempo, y, así como suceden las coincidencias en muchas películas (esta no va hacer la excepción) la encuentra en el taxi. De ahí en adelante el conflicto muestra sutilezas, encanto por la sencillez de los actos humanos; es inevitable no pensar o hacer referencia a Días Perfectos, de Win Wenders, aunque ambas obras no tengan puntos en común, salvo el país y la soledad. Porque ese es uno de los temas principales de Un amor incompleto: los vínculos rotos.
Hay mensajes, metáforas y revelaciones que no serán reveladas en este texto. Porque esa es la riqueza de esta película, una que se nos presenta lenta, pero sin pausa. Dirigida por Guillaume Senez, el largometraje no sólo muestra ese relato concreto, en paralelo funciona también una suerte de crítica/espejo sobre la sociedad japonesa, puntualmente en determinados ámbitos, como la justicia. Y si se trata de ser más preciso, sobre los derechos de los padres y, fundamentalmente, el de los hijos.
Algo interesante a destacar: la utilización de ciertos objetos, como es el caso del espejo retrovisor del auto; ofrece múltiples lecturas, partiendo de la primera imagen de la película, donde ahí vemos en un plano detalle el fuera de campo enfrente del auto, y el foco en el espejo retrovisor. El futuro nebuloso, el pasado claro. Esa es la pista para entender.
Romain Duris encarna a un hombre correcto en las primeras escenas, casi como un japonés más; luego, las cosas cambian. La incorrección en ese país no parece llevarse bien de la mano con ciertas reacciones humanas (y humanas, verdaderamente); discutible por cierto.
Este drama de origen francés pero filmado en Tokio dura 98 minutos, tiene una destacada y profunda actuación del protagonista, con gestos, miradas, suspiros y sonrisas; secundado por Judith Chemla, en un personaje más crucial para el tema del film y no tanto para la trama, y Mei Cirne-Masuki, representando a esa hija tan buscada; el resto del reparto acompaña.
Con un guion ordenado, logrado, pero con algunas nubes, aparece aquí una nueva mirada sobre oriente. Un amor incompleto es clara, sin demasiadas pretensiones. Un audiovisual para disfrutar y sumergirse en una problemática universal. La crítica de afuera, y ésta también, la acompaña favorablemente.
Por Luis Laffargue



