Tova Sullivan trabaja en un acuario. Limpia el piso, repasa los vidrios y parece ser amiga de los seres acuáticos que ahí viven, especialmente por Marcellus, el pulpo. Sonríe al verlo y le habla. En cierto sentido es uno de sus compañeros a diario, su favorito.
La rutina de la señora parece transcurrir tranquila, sin sobresaltos. Vive en una casa cálida, en un pueblo inmerso en paisajes agradables. De noche y ya en su hogar, un mensaje en el contestador automático le preocupa. Oye la voz de alguien informando que ella podría ser bienvenida a una residencia. Hay cambio de expresión en su rostro, incertidumbre en la escena. Algo de su vida interna aún no se sabe.
Poco a poco van apareciendo el resto de los personajes, entre ellos Cameron, un joven buscando -el “buscar” es amplio- a un padre. Él coincide en el lugar de trabajo de Tova y se cruzan, no de la mejor forma; esas cosas que tiene el cine. Ambos tienen pasados y secretos, opuestos y juntos a la vez. Entre los dos amalgaman hacia adelante, formando dupla homogénea. También surgen el almacenero, las amigas, llamadas por ella como las “Tejelocas” y demás.
Ya hecha la presentación del conflicto (uno de tantos) y contexto, se construye la trama de un relato luminoso, por qué no decirlo. Basada en el libro de Shelby Van Pelt, las imágenes ofrecen el encanto de la protagonista (la gran Sally Field) abordando situaciones y temas centrales: el dolor, la soledad, la vejez, la libertad o el silencio.
Criaturas luminosas (2026) es una película que mezcla la narración precisa con formas cinematográficas que saben la efectividad emotiva y comercial. Contiene lugares comunes o clichés, sí, pero sin molestar cuando el objetivo de transmitir una linda historia puede ser lograda.
Dirigida por Olivia Newman, el argumento muestra múltiples lecturas al mismo tiempo, el poder de contraponer el “elegante” cautiverio (jaulas acuáticas con buenas intenciones) de los animales contra las vicisitudes de los seres humanos.
Una referencia: para quien miró alguna vez My octopus teacher (2020), documental también alojado en la plataforma de la N roja, en donde otro molusco invertebrado marino tiene protagonismo, resulta difícil no hacer una relación; son seres queribles. En esta ficción está narrado con la voz de Alfred Molina. La ternura de los tentáculos, rozando la piel de las personas, habla de la sencillez y el valor de un simple acto de conexión y de entendimiento.
Disponible en Netflix, el resto del elenco principal está formado por Lewis Pullman, Colm Meaney, Kathy Baker y Joan Chen. Comedia dramática de casi dos horas, el film mantiene una estructura casi lineal. Con muchos detalles, necesarios y bien ubicados, el desenlace final es revelador, imprevisible, pero necesario para dar un cierre circular.
Por último, si la obra fuese un pulpo, cada escena, cada secuencia, cada palabra o cada imagen serían sus tentáculos, las partes de un maravilloso ser, o de una maravillosa historia a la vez.
Por Luis Laffargue



