Son las 5 de la mañana en Buenos Aires, aún no ha amanecido. Falta una hora para entrevistar a Jérôme Reybaud, director de cine, de origen francés, nacido en Cannes en 1970, actualmente viviendo en París.
El encuentro virtual está pautado para las 6 AM, horario Argentina. Hace pocas semanas lo escuché en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), en donde su última realización, Un balcon a Limoges (2025), formó parte de la Competencia Internacional y se presentó durante tres funciones. Sucedió un viernes cuando asistí a la proyección y pude constatar la sala llena, acompañado por un público entusiasmado por el resultado de la historia. En esa ocasión, el realizador respondió/comentó a varias preguntas/opiniones, más un final con aplausos.
Pasa el rato y, finalmente, después de anotar las preguntas en francés, llega la hora y nos conectamos. Viste camisa a cuadros, en blanco y negro, y lleva en su rostro lentes marrones, formal. El plano de su pantalla se lo observa contrapicado, donde se aprecia el techo en color marrón y blanco.
Nos saludamos, y aviso que voy a registrar la llamada. Record.
Abril de 2026 fue la primera vez en Buenos Aires para Jérôme, pero también en América Latina. Está contento con la experiencia, con la premiére latinoamericana que tuvo su película. Distingue a la capital argentina como el adjetivo magnífico. Consulto acerca de la impresión en relación al público argentino: rico y vivo (riche et vivant).
“Lo que impactó en el público argentino fueron las intervenciones largas, argumentadas y apasionadas, porque sentí que esos espectadores tomaban el film de una manera muy cercana, como un contacto directo. Mientras que a veces, no siempre, pero a veces en Francia, me hacen preguntas o comentarios que son más analíticos, con más distancia”, responde.
Me interesa preguntarle por nuestro cine local, qué ha visto, qué conoce. Menciona (y no sorprende su respuesta) un clásico de la filmografía contemporánea nacional: La ciénaga (2001), de Lucrecia Martel; la vio hace algunos años, cuando se estrenó. Sigue pensando y amplía su panorama argentino con una producción más actual: Trenque Lauquen (2023), de Laura Citarella. Al referirse a esa película (tan galardonada durante 2024 y 2025) expresa que le gustó mucho. Llegó a ella porque vio un afiche de París, lo atrapó la luz y el rostro de la mujer; aclara con énfasis: mais vraiment (pero verdaderamente). Se ríe, como agregando en el gesto que ha visto poco. Se cuela en su discurso otra obra, La Flor (2018), de Mariano Llinás, pero no la terminó de ver, le interesó menos (dura 15 horas).
Un repaso en la obra Reybaud; realizó otros audiovisuales y en varios formatos: cortometraje, documental y largometraje. Durante la conversación surge su primer largo de ficción: Jours de France (2016); una road movie gay, según definición del propio realizador. Miré el trailer, no así el audiovisual completo, cuya duración es de dos horas veinte minutos. Ahí se observan paisajes, encuentros y hombres en búsqueda, deseantes y deseosos; se percibe la narración con un tono intimista, con sabor a comedia, a ironía; es merecido destacar las partes de un piano y el sonido de la aplicación Grindr (vendido desde ahí también en términos de difusión y eje narrativo), como si fueran dos personajes en paralelo. El director volverá a citar esa obra, como si ella fuera un ante y un después en su vida. Parte de su trayectoria la completa el cortometraje Poitiers.
Ingresamos al motivo de esta nota: Un balcon a limoges. Recientemente la cinta fue estrenada en Francia, el 29 de abril del año en curso.
Varios son los artículos publicados en los medios, franceses en su mayoría. Se lo escucha conforme con la crítica, destacando en particular Cahiers du cinéma, sin ser peyorativo con las otras.
“Estoy muy contento con la crítica. Tuvimos una página en Le monde, con una portada de Fabienne Babe (una de las actrices principales). Fue muy importante para el estreno, y dentro del género cine de autor. Cada nota que he leído ha hecho salir un aspecto u otro”, agrega. Daría la sensación de que él va de un lado hacia otro, de sala en sala, de ciudad en ciudad con este estreno. Próximamente, uno de los próximos caminos es Ginebra, Suiza.
En cuanto al público presente en la sala siente que “la reacción fue muy viva, mucha risa. Pensé que en este film había algo más popular, o que podría tocar a un público más amplio, quizás el aspecto cómico, quizás el aspecto del crimen… podría tocar a gente que mis otras películas no habían tocado”, subraya. Cuando estuvo en el BAFICI dijo algo al respecto. Le interesaba/interesa hacer reír a la gente en su relato.
¿Por qué Limoges? ¿Por qué esa ciudad? ¿Se lo habrán preguntado los espectadores? Reybaud comenta aspectos de la producción. Cuenta que era necesario grabarla allí, o en otra ciudad de Nueva Aquitania, región que ayuda a financiar proyectos cinematográficos; en este caso co-financia el largometraje.
“Todo el mundo conoce el nombre Limoges, un lugar en el centro de Francia, un poco perdido. Representa bien la provincia”, señala. El nombre fue de gran ayuda para dar visibilidad. Además de ser cuna de la porcelana francesa, la ville, además de dar su identidad, funciona como un protagonista más, tanto en las primeras imágenes urbanas o en contextos naturales, como el río, que conduce hacia algún lugar, como Gladys y Eugénie, las protagonistas. ¿Hacia dónde van ellas? podría ser una pregunta central como marco introductorio para entender la trama.
¿De qué se trata, entonces, sin entrar en el terreno del spoiler? Al también guionista de la historia le interesaba hablar acerca de dos mujeres. Pero el origen se centra en lo siguiente: “Fue el COVID que me alertó, que me hizo reflexionar sobre la pasión, la alegría de la gran mayoría de los franceses a seguir el movimiento, a conformarse con los órdenes, incluso si los órdenes son débiles, incluso si los órdenes son contradictorios, porque un día tenemos que hacer algo, el día siguiente tenemos que hacer otra cosa. Y este conformismo muy radical me golpeó”.
La primera escena en Un balcon a Limoges es fundamental: Gladys y Eugénie (Anne-Lise Heimburger) se encuentran en un estacionamiento público, y a los pocos minutos nos damos cuenta que se conocen desde hace muchos años. Son, desde lo visual y la forma, supuestamente diferentes; la estética va más allá de su vestimenta, porque informa cómo viven, cómo el contexto de cada una de ellas es un mismo lugar. Una cierta mirada se desprende de esa relación. Las dos podrían ser una sola, y esa “sola” podría ser un espejo del mundo entero.
El proceso de escritura llevó su tiempo. El guion final fue de 26 páginas, aunque estuvo sin avanzar en algún momento y se filmó durante nueve días. El audiovisual fue producido por el Canal Arte, con una versión final de 68 minutos y otra de 55 para televisión; disponible en la web de este medio, pero no en Argentina.
No se hizo casting, los detesta en general. Lo considera perjudicial para un actor. En este caso, retomando el concepto de escritura, fue pensando en el personaje de Gladys. La actriz, Fabienne Babe, logró encarnar a una señora sin preocupaciones, salvo el deseo de vivir y romper reglas sin importar las consecuencias; irritante y tierna en iguales proporciones. Tal vez ahí está ese movimiento de no seguir las reglas.
El resultado es un relato incómodo y perturbador, sin dejar la comedia y la sorpresa en determinados momentos. Jérôme aclara que podría haber sido otra ciudad, sin embargo, Limoges fue la elegida. “Tengo que tener un deseo estético para grabar una ciudad, una calle, un rostro. Cuando salí de la carretera, tuve mucho miedo, porque pensé ¿me va a gustar? Si realmente no me gustó la ciudad, tal vez hubiera cambiado”, resume. No fue así. “Hago mi película para mí, porque tengo algo, quiero llegar a una imagen, una historia, un personaje. Eso es lo que me guía. Nunca, nunca, nunca pienso en el público”, expone.
Reybaud se muestra muy conforme con el resultado final: “¿Qué podría hacerme insatisfecho de mi película? Si tengo la luz, si tengo el tiempo, si tengo los actores que hacen lo que espero, incluso más de lo que espero. Así que estoy muy feliz. No cambiaría nada. No me gustan los directores que cambian sus films, son como seres humanos, no los cambian. En este caso nació así, sin duda tiene defectos para los espectadores, es demasiado largo, demasiado corto, demasiado esto, demasiado eso. Lo entiendo perfectamente, pero es como si fuera un niño, literalmente, exactamente como debía ser. Bueno, para mí es todo”, finaliza.
Nos despedimos. Stop.
Buenos Aires sigue sin amanecer, por lo menos esa es la vista desde mi balcón, diferente al de Limoge. Comienzo a redactar y transcribir, mientras pasan los días. Y así, volvemos al principio de esta nota. Como si fuera ese río, que conduce hacia algún lugar, hacia un destino que es llenar una hoja en blanco.
Por Luis Lafargue






