Otro día más de BAFICI. El Hall de Casacuberta en el Teatro San Martín está casi lleno. Son las 16hs de un domingo a la espera de una nueva actividad: Manuel Antín y las musas de la Generación del 60.
Hay varias actrices mencionadas en la programación oficial, pero solo se encuentran presentes Fernanda Mistral y Marcela López Rey; Graciela Borges ausente con aviso. Otras figuras de la escena nacional engalanan el encuentro; por ejemplo, el actor Victor Laplace y el director de cine Oscar Barney Fin. Modera la charla, Luis Quevedo, y completan el panel los autores del libro, motivo de la ocasión, Mariángeles Fernández y Diego Sabanés.
La actividad es presentada por el director artístico del Festival, Javier Porta Fouz. Al terminar su breve intervención se retira, dada su intensa agenda en este contexto. Sube las escaleras, llevando en sus manos unos auriculares.
Sobrevuela en las palabras de quienes hablan un pasado cinematográfico, anécdotas, formas de trabajar y personas ilustradas en el registro audiovisual o en la memoria de cada uno. Por supuesto, el eje central es el director de cine, Manuel Antín. Acontece un fuerte aplauso para coronar, y un bonito ramo de flores para las musas. Ellas sonríen y están contentas. A un costadito, posnet mediante, venden el libro; según dicen, con un descuento especial, a $30.000.
La avenida Corrientes poco a poco comienza a incrementar su movimiento. De pronto se escucha un grito colectivo: es el gol que Boca le metió a River en el Monumental. Camino con dirección al cine Cacodelphia. Elegí una de las pocas películas disponibles a la hora de obtener un lugar: Mis premios, de Nicolás Valentini. Codirector de los largometrajes Pañuelos para la historia (2015) y 4, 3, 2, Uno (2011). Produjo y dirigió Gombrowicz o la Inmadurez (Bafici ‘24).
El espacio se encuentra en la diagonal Av. Roque Saenz Peña 1150, a metros del Obelisco. Llego. Desde aquí se oyen los festejos, expresiones de algarabía futbolística. Bajo las escaleras, pero aún no dieron sala. Javier Porta Fouz está ahí, dando vueltas, charlando con personas, público o afines del Festival.
Vuelvo a la superficie y enciendo un cigarro. Se escucha Buenos Aires. El director artístico vuelve a retirarse, caminando por la calle en dirección hacia Libertad, con auriculares puestos. Otra presentación lo estará esperando.
Bajo a la sala. Es pequeña y acogedora. Se llena lentamente hasta colmar su totalidad. Seres con alma de cine llegan por la entrada derecha e instalan cámara y trípode. Hablan sobre cómo encuadrar el plano. El director de la película se presenta y hace un comentario que se percibe como spoiler. Quedo atento a una palabra: suicidio. Nicolás Valentini (o Niklas Val en un póster digital) ha dicho poco. Se apagan las luces y comienza la función.
El primer párrafo del catálogo oficial señala la siguiente información como posible sinopsis: “En un festival de cine, un realizador intenta descifrar qué busca el jurado para ganar el premio. Pero el miedo al fracaso amenaza con arruinar algo más que su carrera, mientras la búsqueda de reconocimiento pone en crisis sus propios deseos”. Creo que ví otra película.
Desde esta perspectiva, hay un juego interesante. Ficción y realidad se intervienen, como si ambas cosas fueran lo mismo. El resultado es simple: una película. El catálogo no aclara el género. A veces, en general, las sinopsis hablan más sobre cómo atraer un público en lugar de mencionar lo concreto; claro, dependerá de la complejidad de cada ser humano para comprender cada trama.
Mis premios tiene textura de material de archivo, digital, y la esencia del cine (independiente) dentro del cine (dependiente). O, dicho de otra forma, el BAFICI dentro del BAFICI, por momentos.
En cierto sentido, el amor por lo cinematográfico y la maravillosa forma de la complejidad/confusión/límite.
Tiene gracia y un momento clave, cercano al final. Espero el spoiler. Pasa. Habría sido un final perfecto desde esta mirada, pero de ser así, también sería otro el resultado o narración final.
Termina la función y mentalmente arribaron algunas ideas. La película despierta la visión interna, los procesos creativos, el camino personal, el lado de B en determinados marcos de producción y búsqueda de financiamiento, la parodia, mercados audiovisuales o el “esnobismo” de ciertos rasgos del cine “independiente”.
Después de los aplausos (merecidos), al querer levantarme de mi butaca entiendo cierta lógica de construcción: la misma cámara seguía ubicada ahí. Seguramente hablará Valentini o Val (como si él y el género de la peli fueran un doble). No me quedaré a escucharlo, tengo apuros, pero tampoco quiero ser un registro para otra película en otro BAFICI (como sucede con un personaje en la historia).
Trato de agacharme, aunque tal vez, una pequeña parte de mi sombra se convierta en imagen. O no, tan solo puede ser una proyección mía. Me voy. Subo las escaleras y salgo a la calle. Javier Porta Fouz no está. Las luces de la ciudad nos dicen que es de noche.
Por Luis Laffargue





