Animal es una película de origen griego. La historia tiene un personaje central, Kalia, encantadora mujer en términos cinematográficos, un “animal” para actuar. A la vez triste, si se empatiza con ella, con lo que representa, con lo que se desprende, con lo que emana.
Despierta vida; es difícil no empatizar con ella, su mirada por momentos perdida, lejanamente alegre. Animadora de profesión, vive desde hace años en un balneario, mientras trabaja en un hotel; daría la sensación de ser un all inclusive. Baila, canta, se mueve; su cuerpo, tan desgarrado como su ser, se impone en la pantalla. Su mirada despierta algo.
Los temas centrales van entre la soledad del ser humano y las relaciones laborales, establecidos en un ámbito donde lo único que se hace es trabajar y joder despúes del trabajo; aunque para muchos ese laburo, tanto el de Kalia como el de sus compañeros, es una forma de vivir. Los otros temas, entre tantos, son el verano, el sexo, el baile, la convivencia. La película es un tema en sí.
Lo que se ve, con el transcurso de los minutos, es la intimidad de la animadora junto con las personas, en la vida privada y en la laboral. Lo que les enseña son coreografías a los nuevos compañeros, flamantes trabajadores de verano en el inicio de la temporada. Y lo que se ríen, se divierten todos juntos. ¿O esconden algo? Incluso en todo ese grupo anda una niña, hija de uno de ellos, personaje que invita a reflexionar por qué la criatura vive en ese contexto. ¿Tiene que pasar algo? No, pero la película te invita a eso, a lo que puede pasar y no pasa; o al revés.
Todo se vuelve decadente, cierta idea de debacle, filosófica y culturalmente, pero no como una historia de mayor a menor, al contrario. Todo decrece, una atmósfera opaca, como seres pidiendo auxilio en silencio, destellando luz a través de sus necesidades. Todo en un balneario recibiendo a los otros animadores y los turistas. Todos amigos, conocidos y desconocidos a la vez. Toda una puesta en escena donde todas las noches parece repetirse lo mismo; la rutina, sí.
Y ahí están: bailan, se ríen, se divierten, tratan de hacer una diferencia económica, tienen sexo. Y después duermen, y vuelven a trabajar. Y vuelven a reír. Y vuelven de la noche y despiertan en algún horario del día. Y rompen el verano de la manera que mejor pueden; y el cuerpo de Kalia habla.
Está el mar, como testigo de sus experiencias, observando cuál puede ser el elemento desencadenante, algo que tal vez los cambie; cayendo en el prejuicio. Están los shows con vestuario y maquillajes sencillos, destinados solo para entretener y hacer lo que pide su público, porque los turistas solo desean divertirse; no les importa qué le sucede a esa sociedad de animadores.
Por momentos, y con toda la distancia que implica, cierta situación hotelera nos ofrece un acercamiento a la premiada Aftersun. Por momentos Animal es un texto audiovisual, con diálogos precisos; justos y necesarios; por otros un relato complejo. Pero en todo momento el peso dramático recae en los gestos (y el cuerpo desgarrado, lógico) de Dimitra Vlagopoulou, en una actuación maravillosa, y dirigida por Sofía Exarchou, construyendo una historia sutil y profunda.
Personajes que están como en un loop del cual no quieren salir, o no saben cómo, o no quieren, que es otra posibilidad. Finalmente, los personajes bailan, aunque parece tan automático, o se mueven como en una coreografía de Pina Baush. Personajes “muertos” en vida, de ahí la idea de lo decadente, más aún en los personajes femeninos principales. Por eso la película se vuelve interesante por el abanico de reflexiones que muestra.
Cruda, sí. Emocionate, sí. ¿Hay que verla?, sí.
Por Luis Laffargue



