Es realmente absurdo, a casi 60 años del estreno, hacer una crítica de una de las películas más icónicas de la historia del cine.
La Dolce Vita (1960) es algo que todo amante del cine debe ver en la gran pantalla, no sólo por su obsesiva belleza sino porque es de esas películas que hablan de distintas cosas según la edad que uno tenga cuando la ve. Es, en el sentido más genuino del término, una obra de arte.
Quiero aclarar que no es ni por asomo mi película favorita de Federico Fellini pero creo que es necesario darse el placer (extenso, dura 3 horas) de permitirse una aventura estética.
Fellini siempre habla de algunas cosas: las mujeres, el cine, Roma, el espectáculo. Esta película es una oda a sus obsesiones, es una burla a las excentricidades del jet set, es una pieza donde Roma habla de Fellini, Marcello habla de Fellini, Anita habla de Fellini y Fellini no deja de hablar de Fellini.
Además, escuchar a todo volumen la música de Nino Rota, uno de los más brillantes compositores de cine, no es algo que suceda todos los días.
Remasterizada y curada La Dolce Vita nos devuelve la magia del viejo cine, ese que es eterno, que nos marca, que nos deja pensando, y especialmente, que nos mueve a sentirnos parte (al menos observadora) de una belleza que parece imposible.
Por Jimena Bezares



