De las cartas a Theo leemos “no debemos hacernos ilusiones, sino prepararnos a no ser comprendidos, a ser despreciados y a ser deshonrados… y a pesar de todo debemos conservar nuestro animo, nuestro entusiasmo…”. Quizás ese sea el sentimiento más claro que supo expresar Julian Schnabel en este retrato íntimo (tal vez el más íntimo de todos los que hayan intentado acercarse al pintor desde el cine): la fuerza vital extraordinaria de Vincent Van Gogh para ir en búsqueda de la belleza a pesar de todas las adversidades.
Pensando en otras aproximaciones a su espíritu, tal vez solo en Sueños (1990) de Akira Kurosawa lleguemos a una emoción visual desde la efervescencia del color cuando las pinceladas van componiendo la escena. En el vigor de sus trazos retratados, filmados en planos que hacen sentir casi el olor al óleo, se expresa el carácter del artista con crudeza. En ese vigor está Van Gogh en la puerta de la eternidad (2018).
William Dafoe sostiene así, desde una interpretación profunda y sentida, la trama conocida por el espectador: la de los sus días en Arles. Pero el aporte más significativo aparece desde la tensión del gesto, desde su capacidad para transmitir la urgente necesidad expresiva y su desesperación por llegar a un mínimo de eternidad. Esa proximidad hace de esta película una obra esencial para acercarse a la complejidad de un talento único. Un espíritu ardiente, a veces desesperado, que sin mezquindad y lleno de pasión se refleja como nunca en la pantalla.
Pocas veces podemos acercarnos a la intimidad de su búsqueda esencial: la del acceso a la trascendencia desde el color y la forma. Caminar sus caminos en la contemplación del misterio de la Naturaleza, deteniéndonos en esas visiones, allí donde estaban las puertas de la eternidad para Van Gogh, nos depara una emoción significativa como espectadores. Cada árbol, cada rama, cada campo que se extiende infinitamente en la luz del sur de Francia nos quieren decir algo, quizás una revelación. Y allí esta su intento, el de expresar su esencia y llegar a la belleza.
Salvo algunas herramientas utilizadas por el director, como cierta reiteración en el desenfoque del encuadre en alguna toma, la biopic es un logrado retrato de uno de los más grandes artistas plásticos de todos los tiempos. Es un tributo sentido donde sobresale el inquietante y conmovedor trabajo de Dafoe en la invocación a una búsqueda incansable de salvación.
Por Hernán Díaz Pérez



