No es el que baila la wacha piola en un escenario ochentoso en Tailandia, no es el homónimo que aparece un tanto relegado en la última versión coral del amor y la revolución de las hermanas Wachowski. Es el primer largometraje del argentino Santiago Van Dam que, en una suerte de realismo maldito, da una visión ambiciosa y osada del típico escritor frustrado.
La peor maldición posible debe ser oriental, ellos entienden que la sorpresa es algo esperado pero no debe desearse con demasiada intensidad. La peor maldición es querer ser escritor sin saber escribir. En ese sentido, Marcos (Ezequiel Tronconi) intenta despegarse de una racha de suerte en el mundo de la literatura infantil; él quiere hablar de muerte y el editor de “Panza roja”, Chuki (Alberto Suárez, en una actuación breve pero soberbia), considera que no es un tema apropiado para los niños ni para sus insufribles padres. Buscando una voz verdadera, el protagonista pasará de la arrogancia del que se anima a una primera novela a distintos niveles y matices de la criminalidad. Porque -a veces- entre un escritor fracasado y un hombre sin ley hay solo medio paso.
Pasando por consideraciones emocionales y existenciales más o menos bien resueltas, y entre diálogos forzados y otros fluidos y de una comicidad exquisita, Ojalá vivas tiempos interesantes (2016) descubre el paso de la vida cotidiana a la locura megalómana propia del oficio.
Con actuaciones destacables de Julián Kartún, como el amigo sabio y el hippie fumon; y vecino y mosca interpretado de manera formidable por Héctor Bordoni. Van Dam regala imágenes poderosas de máscaras, bailes, baños ensangrentados y más máscaras.
En la construcción de la posibilidad de la novela deseada, la vida se vuelve necesariamente ficción: vivir se opone a escribir y por eso sólo viviendo se puede decir algo que se quiere pero no se sabe.
La apuesta de Van Dam le da entidad a una película que hay que ver para disfrutar y discutir.
Texto: Jimena Bezares



